El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El indio le miró altivamente y con aires de superioridad, contestándole:
—¡Habla; pues los árboles no tienen oÃdos!
—Los hurones no son sordos, y lo que han de escuchar los hombres grandes de una nación no es apropiado para los más jóvenes guerreros de la misma. Si Magua no escucha, el oficial del rey se callará.
El salvaje se dirigió toscamente a sus camaradas, quienes estaban atareados intentando preparar las monturas de las dos hermanas, y se alejó hacia un lado, indicándole a Heyward que le siguiera.
—Ahora habla —le dijo—, si es que tus palabras sólo son dignas de los oÃdos de Magua.
—Le Renard Subtil ha demostrado ser merecedor del nombre con el que le bautizaron sus padres canadienses —comenzó a decir Heyward—, reconozco su sabidurÃa y sus méritos, y recordaré todo esto a la hora de recompensarle. ¡SÃ!, Renard no sólo ha demostrado ser un gran jefe en el diálogo, ¡sino también en el combate!
—¿Qué es lo que ha hecho Renard? —inquirió frÃamente el indio.