El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Quiso creer, dada la relativa prudencia de los salvajes, que le estaban reservando para ser enviado a Montcalm, como cualquier persona que en una situación de apuro ve estimulada su imaginación. Así, alimentado por la esperanza, aunque fuera escasa, Duncan incluso había pensado que el instinto paternal de Munro podría llevarle a éste a olvidar su fidelidad al rey. Esto se debía a que, aunque el militar francés tenía fama de valiente y emprendedor, también la tenía de prestarse a prácticas políticas que en ocasiones se alejaban de los más altos valores éticos; algo muy frecuente y que, por desgracia, decía poco a favor de la diplomacia europea de aquella época.
Todas estas especulaciones que rondaban su cabeza fueron interrumpidas por la conducta de sus guardianes. El contingente que había seguido al fornido guerrero jefe tomó la ruta hacia la base del Horicano, por lo que ya no había más expectativas para Duncan y sus acompañantes que la de ser meros prisioneros en manos de sus salvajes captores. En su afán por saber a qué atenerse en tales circunstancias, el joven se dignó a hablar nuevamente con Magua. Dirigiéndose a su antiguo guía, que ya había asumido las funciones y los modos de alguien que ostentaba autoridad, le dijo de la forma más amistosa y conciliadora:
—A Magua le diría sólo lo que sería propicio para los oídos de tan insigne jefe.