El último de los Mohicanos

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Dado que era inútil resistirse, y como tampoco serviría de nada protestar, Heyward fue el primero en obedecer la orden y servir de ejemplo para los demás. Pronto estaría en la canoa al lado de las dos hermanas y el aturdido David. A pesar de que los hurones no eran buenos conocedores de los entresijos y los caladeros del río, en cambio eran diestros en la navegación fluvial y un mínimo de dominio básico impidió que cometieran errores de trascendencia. Cuando el piloto de la embarcación ocupó su lugar, se introdujeron en el río; la barca surcó las aguas, y en pocos minutos los cautivos pudieron comprobar que estaban en la zona sur, en un punto prácticamente opuesto a aquél en el que habían desembarcado la noche anterior.

Aquí tuvo lugar otra reunión de consulta, breve pero firme, durante la cual los caballos, cuyos dueños habían pensado que serían víctimas de los lobos, fueron traídos desde la cobertura boscosa hasta el nuevo lugar de reposo. En ese momento, el grupo se dividió. El jefe de más alto rango montó el corcel de Heyward para dirigir a la mayoría de los guerreros a través del río y adentrarse luego en el bosque, dejando a los prisioneros en manos de seis de los salvajes bajo el mando de Le Renard Subtil. Duncan presenció todo esto con renovada inquietud.


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