El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Durante esta breve reunión, Heyward calmó sus ánimos y pudo admirar con tranquilidad el modo cauteloso del proceder de los hurones, incluso después de cesadas las hostilidades.
Ya hemos señalado que la mitad superior de la isla estaba compuesta por rocas desprovistas de vegetación, sin ningún medio de protección que no fuera un puñado de troncos y ramas caídas. Habían escogido este punto para descender, habiendo traído una canoa a través del bosque y rodeado la catarata con tal propósito. Colocando sus brazos dentro de la embarcación, una docena de hombres agarrados a los laterales de la misma se dejó arrastrar por ella, a la vez que la dirigían dos de los guerreros más expertos, quienes se habían situado en una posición favorable para divisar cualquier peligro. De este modo pudieron llegar a la cabecera de la isla en aquel punto que resultó tan arriesgado para los primeros audaces guerreros, aunque en condiciones de superioridad numérica y provistos de un mayor número de armas. Que ésta había sido la manera en la que descendieron estaba más allá de toda duda para Duncan, ya que ahora portaban la embarcación desde el extremo superior de la roca y la colocaron en el agua cerca de la boca de la caverna exterior. En cuanto se realizó este cambio, el líder hizo señas a los prisioneros para que se metieran en la barca.