El último de los Mohicanos

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Sin embargo, aunque recurriese Duncan a tales palabras para consolar a las asustadas muchachas, no podía engañarse a sí mismo. Sabía bien que la autoridad de un jefe indio dependía más bien de la superioridad física que de la supremacía moral que pudiera ostentar. Por lo tanto, el peligro real residía en el número de irritados salvajes que les rodeaban. Un mandato benévolo dado por el líder reconocido podría ser contrariado en cualquier momento por uno de esos incontrolados, deseando cobrarse una víctima como sacrificio en honor a la memoria de algún familiar o amigo suyo muerto en el combate. Por lo tanto, aunque procuraba mantener una aparente actitud de calma y aplomo, su corazón palpitaba rápidamente cuando alguno de sus feroces captores se acercaba demasiado a las indefensas hermanas, o miraba con ojos flamígeros a esas criaturas tan frágiles que no podían defenderse ante el más mínimo ataque.

No obstante, sus preocupaciones se aliviaron en gran medida cuando vio que el jefe había convocado a todo el grupo a consejo. Sus deliberaciones fueron rápidas, y a juzgar por el silencio de la mayoría la decisión fue unánime. Por la frecuencia con la que los interlocutores señalaban en dirección al campamento de Webb, parecían temer un ataque desde ese cuadrante. Esta consideración les hizo tomar una rápida decisión, zanjando la cuestión en poco tiempo.


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