El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Los hurones habían esperado con gran impaciencia que concluyera este breve diálogo, totalmente quietos y callados. Cuando Heyward dejó de hablar, todos miraron hacia Magua, exigiendo silenciosamente una explicación. Su intérprete les señaló el río y les informó de lo ocurrido en pocas palabras. Cuando comprendieron los hechos, los salvajes profirieron un espantoso grito colectivo en señal de su gran decepción. Algunos corrieron furibundos hacia la orilla, gesticulando agresivamente, mientras otros escupían al agua como si le reprocharan su traición de ayudar al enemigo. Otros, y no precisamente los de aspecto menos amenazante, dirigieron sus más iracundas y malévolas miradas a los cautivos que aún tenían en su poder; incluso alguno les brindó su amenaza en forma de gestos repletos de rabia y odio, ante los cuales ni la belleza ni la condición de las dos hermanas fueron atenuantes. El joven militar hizo un esfuerzo inútil por llegar hasta Alice cuando vio que uno de los salvajes la había agarrado por el cabello, a la vez que empuñaba un cuchillo con la aparente intención de atravesarle el cuello a la muchacha; pero los brazos de Duncan estaban atados y en cuanto quiso moverse se lo impidió el indio que le tenía sujeto por el hombro. Al comprender cuán fútil era su empeño, cedió ante las abrumadoras fuerzas de sus contrarios y aceptó lo que depararía la suerte, aunque no sin dar ánimos a sus delicadas compañeras, asegurándoles que los salvajes eran más amigos de bravuconear que de cumplir una amenaza.