El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Heyward habría podido demostrar alguna disconformidad si su mirada se hubiese cruzado con la de Magua. No obstante, el salvaje apenas se dignó a mirar a ninguno de los que le seguían, ni mucho menos dirigirles la palabra. Utilizando el sol como única referencia, o en todo caso guiándose por elementos que sólo son visibles a los ojos de un indio, siguió su camino a través de los claros rodeados de pinos, así como por algún pequeño valle frondoso, algún riachuelo y por encima de varias colinas; siempre llevado por la precisión del instinto y una vista tan aguda como la de las aves. En ningún momento dio señales de verse asaltado por la duda. No importaba que el camino estuviese despejado, apenas perceptible o incluso totalmente oculto; ninguna situación le hizo aminorar la marcha ni vacilar en la persecución de su objetivo. Parecía incansable. Siempre que los agotados viajeros levantaban la vista del suelo cubierto por hojas secas, lo veían al frente, confundiéndose su oscura silueta con las formas de los árboles, la cabeza siempre dirigida hacia adelante y la pluma que la cubría revoloteando al viento por la rapidez con la que se movía el nativo.