El último de los Mohicanos

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Sólo Cora recordó lo que le dijo el explorador al marcharse, y siempre que tuvo la oportunidad doblaba y rompía todas las ramas a su alcance. Con todo, la cuidadosa vigilancia de los indios dificultaba su labor y la ponía en serio peligro. A menudo desistía en su empeño al darse cuenta de que podrían descubrirla; fue necesario fingir algún tropiezo u otra dificultad propia de mujeres. En cierta ocasión, pudo romper con éxito la rama de un zumaque de considerable tamaño, dejando caer uno de sus guantes al mismo tiempo. Esta señal, que podría servir de rastro, fue detectada por uno de los escoltas indios, quien de forma inmediata recogió la prenda —no sin romper también todas las demás ramas del arbusto, dándole el aspecto de haber sido destrozado por algún animal salvaje que se hubiera enganchado en él—. Tras esto, adoptó un gesto amenazante, colocando la mano sobre su tomahawk, advirtiendo de este modo contra cualquier otro intento de dejar pistas en el camino.

Dado que ambos grupos, tanto el de Maqua como el del jefe corpulento, llevaban caballos consigo, sus huellas no servirían para distinguir el bando que llevaba los prisioneros de aquél que iba en dirección contraria.




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