El último de los Mohicanos

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De esta guisa prosiguieron su avance, totalmente en silencio a excepción de alguna expresión reconfortante brindada por Heyward a las féminas, o cuando David daba rienda suelta en voz alta a los lamentos de su espíritu, con la humildad propia de un alma resignada. Su camino se extendía hacia el sur, siguiendo una dirección prácticamente opuesta a la ruta que llevaba al fuerte William Henry. A pesar de esta aparente fidelidad de Magua al camino original, Heyward no podía creer que se olvidara tan pronto de lo que le había ofrecido, y sabía bien que los caminos ondulantes que seguían los indios aparentaban una dirección pero terminaban en otra. Sin embargo, kilómetro tras kilómetro continuaron esta penosa marcha por el bosque, sin que pareciera concluir nunca su viaje. Heyward observó cómo el sol enviaba sus rayos meridianos a través de los árboles, y esperaba fervorosamente que Magua se ciñera a una ruta más favorable a sus expectativas. En ocasiones imaginaba que el salvaje, habiendo abandonado la esperanza de pasar inadvertido delante del ejército de Montcalm, se dirigía a un asentamiento fronterizo conocido, en el que tenía su residencia y propiedades un distinguido oficial de la corona y preciado amigo de las seis naciones. Ser llevado ante Sir William Johnson era preferible a ser transportado hasta los bosques del Canadá; pero para que se pudiera cumplir lo primero, sería necesario atravesar una distancia de muchas y agotadoras leguas por el bosque, cada vez más lejos del escenario del combate; es decir, de su puesto de honor —y en el que residía su deber—.


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