El último de los Mohicanos

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Ya no había más razones para demorar la marcha; Duncan se vio obligado pues, a obedecer, muy a pesar suyo. Mientras hizo lo que se le había ordenado, susurró palabras de ánimo a los oídos de las temblorosas féminas, quienes evitaban a toda costa tener que cruzar miradas con sus salvajes captores. La yegua de David había sido llevada por los que siguieron al jefe corpulento; con lo cual su propietario, al igual que Duncan, tuvo que desplazarse a pie. El segundo, sin embargo, no parecía lamentar esta situación, ya que le permitiría retrasar el avance de todo el grupo. Aún tenía sus pensamientos fijados en el fuerte Edward y la esperanza de oír en cualquier momento algún ruido procedente de ese sector, señal de que la ayuda estaba en camino. Cuando todos estaban preparados, Magua hizo la señal de comenzar la marcha, poniéndose personalmente al frente del grupo para guiarles. A continuación le seguía David, que iba recuperando el sentido poco a poco a medida que se disipaban los efectos de su herida. Las hermanas cabalgaban tras él con Heyward a su lado, mientras los demás indios flanqueaban al grupo y cerraban con estrecha vigilancia la retaguardia.





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