El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Acaso el jefe blanco tiene por costumbre quemar su pólvora contra los que considera sus hermanos?
—¿Acaso es que errarÃa en el tiro si su empeño fuese realmente el de acertar? —contestó Duncan con una sonrisa que simulaba total sinceridad.
Otra larga e intensa pausa le siguió a este rápido intercambio de preguntas y réplicas. Duncan vio que el indio aún dudaba. Para asegurar su victoria, se preparó para volver a enumerar las recompensas, cuando Magua hizo un expresivo gesto y dijo:
—Basta; Le Renard es un jefe sabio, y ya se verá lo que hace. Vete y mantén la boca cerrada. Cuando Magua hable, entonces será el momento de responder.
Al percibir que los ojos de su interlocutor estaban pendientes del resto del grupo, Heyward se retiró inmediatamente con el fin de evitar cualquier posible sospecha de connivencia entre él y el lÃder de los salvajes. Magua se acercó a los caballos y simuló estar muy contento con la labor realizada por sus hombres. Tras esto, le indicó a Heyward que ayudase a las hermanas a subir a sus monturas, ya que procuraba hablar inglés lo menos posible, salvo en ocasiones excepcionales.