El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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Le Renard había escuchado con gesto severo las palabras lentas y sutiles de Heyward. Cuando el oficial mencionó el engaño que el indio supuestamente había efectuado sobre los de su nación, el rostro del salvaje mostró una cautelosa sobriedad. Cuando mencionó el supuesto agravio al que fue sometido por parte de su tribu nativa, asomó un brillo de odio feroz en la mirada del indio, lo cual le indujo a pensar a Duncan que había dado en la llaga. Finalmente, cuando hubo combinado adecuadamente la sed de venganza con la avaricia, había logrado captar por completo el interés del salvaje. La pregunta formulada por Renard se planteó con toda la calma y dignidad propias de un indio; pero era bastante evidente, por la expresión pensativa del que escuchaba, que la respuesta había sido preparada de forma muy astuta. El hurón se mantuvo pensativo durante varios instantes, acabando por poner su mano sobre el vendaje de su hombro, diciendo enérgicamente:

—¿Acaso los amigos hacen esto?

—¿Acaso «La Longue Carabine» permitiría que la herida de un enemigo fuese sólo superficial?

—¿Acaso los delaware se acercan a sus amigos a la manera de serpientes, preparados para atacar?

—¿Acaso es que «Le Gros Serpent» hubiera sido detectado por alguien sin que él quisiera que fuese así?


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