El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Qué es lo que quieres? —continuó Cora, tras una pausa dolorosa, durante la cual se dio cuenta de que Duncan, generoso y confiado, se habÃa dejado engañar por el astuto salvaje.
—¡Lo que más quiere un hurón: el bien a cambio del bien y el mal a cambio del mal!
—Entonces vengarÃas la afrenta de Munro por medio de sus hijas. ¿No serÃa mejor un enfrentamiento cara a cara con el enemigo, como corresponde a un guerrero?
—¡Las armas de los rostros pálidos son largas y sus cuchillos muy afilados! —le contestó con risa malvada el salvaje—. ¿Por qué tendrÃa que ir Le Renard hasta los mosquetes de los guerreros del hombre canoso, cuando ya tiene el corazón de éste en sus manos?
—Di cuáles son tus intenciones, Magua —dijo Cora, intentando a toda costa mantener la calma—. ¿Vas a llevamos hasta las profundidades del bosque, o tienes planeado algo todavÃa más siniestro? ¿Es que no hay ninguna posible compensación, ningún medio de reparar el daño que se te ha hecho y ablandarte el corazón? Al menos deja libre a mi inocente hermana y descarga todo tu odio sobre mÃ. Te harás rico devolviéndola, y además podrás cobrar tu venganza con una sola vÃctima. La pérdida de ambas hijas puede llevar al anciano a su tumba, ¿dónde estarÃa, pues, la satisfacción de Le Renard?