El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Ves? —continuó Magua, retirando con violencia el chaleco que apenas cubrÃa su pecho pintado—. Aquà hay cicatrices provocadas por cuchillos y balas; de estas marcas puede un guerrero presumir ante su nación, pero el hombre canoso ha dejado señales en la espalda del jefe hurón que éste debe ocultar, como si fuera una mujer, bajo esta tela pintada de los blancos.
—Yo habÃa pensado —dijo Cora—, que un guerrero indio mostraba paciencia e integridad de espÃritu, sin afectarle el sufrimiento al que su cuerpo puede haberse visto sometido.
—Cuando los chippewas ataron a Magua a un poste y le hicieron esta herida —dijo el otro mientras ponÃa un dedo sobre una profunda cicatriz—, ¡el hurón se rió en sus caras y les dijo que sus golpes eran como los de las mujeres! ¡Su espÃritu estaba álgido en ese momento! Pero cuando sintió los golpes de Munro su espÃritu decayó. ¡El espÃritu de un hurón nunca se emborracha, no olvida nunca!
—Pero se le puede apaciguar. Si mi padre te ha hecho mal, enséñale cómo se ha de perdonar una falta y devuélvele sus hijas. Ya te ha dicho el comandante Heyward…
Magua agitó la cabeza en señal negativa, deseoso de no oÃr más acerca de insultantes recompensas.