El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—Escucha —repitió el indio, volviendo a adoptar una actitud sincera—. Cuando sus padres ingleses y franceses desenterraron el hacha de guerra entre ellos, Le Renard sirvió en el puesto de los mohawks y combatió contra su propia nación. Los rostros pálidos han expulsado a los pieles rojas de sus tierras de caza y ahora, cuando luchan, un hombre blanco les guía. El viejo jefe en el Horicanos tu padre, fue el gran capitán de nuestro grupo de guerra. Él le decía a los mohawks que hicieran esto y aquello, y se le obedeció. Dictó una ley que decía que si un indio tomaba el agua de fuego y entraba en las tiendas de tela de sus guerreros, no se le perdonaría. Magua fue imprudente y bebió; el ardiente licor le hizo entrar en la cabaña de Munro. ¿Qué hizo el hombre canoso? Que lo diga su propia hija.

—No se olvidó de su advertencia e hizo justicia al castigar al infractor —le dijo la hija sin miedo.

—¡Justicia! —repitió el indio, lanzando una mirada de gran fiereza al semblante sereno de Cora—. ¿Acaso es justo hacer el mal y luego castigarlo? Magua no sabía lo que hacía. ¡Fue el agua de fuego la que habló y actuó en su lugar! Pero Munro no lo creyó. El jefe hurón fue atado delante de todos los guerreros rostros pálidos y flagelado como un perro.

Cora permaneció en silencio, ya que no supo justificar la excesiva severidad con la que actuó su padre de tal manera que el indio lo pudiera comprender.


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