El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —He oÃdo algo de esto anteriormente —dijo Cora, observando que el indio hacÃa una pausa para dominar las iras que le inspiraban los recuerdos de las supuestas injusticias que habÃa sufrido.
—¿Acaso tenÃa Le Renard la culpa de que su cabeza no fuera de piedra? ¿Quién le dio el agua de fuego? ¿Quién hizo de él un villano? Fueron los rostros pálidos, la gente de tu color.
—¿Y acaso he de ser yo responsable de que existan hombres desaprensivos y sin escrúpulos, sólo porque el tono de su piel sea como el de la mÃa? —le preguntó Cora al salvaje, aunque sin perder la calma ni la suavidad de su voz
—No; Magua es hombre y no es tonto; las que son como tú no acercan sus labios al agua que arde: ¡El Gran EspÃritu te ha dado sabidurÃa!
—Entonces, ¿qué tengo que ver yo con tus infortunios, por no decir tus errores?