El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Su voz ya no era audible entre la explosión de voces que llenaron el aire, dando la impresión de que el bosque, en vez de contener un puñado de salvajes, contenía una nación entera. Lo que había dicho hasta ahora se entendió perfectamente por las expresiones en las caras de sus guerreros. Habían contestado su melancolía con gestos de compasión y tristeza, sus aseveraciones con gestos de asentimiento, y sus bravatas con los exabruptos propios de los salvajes. Cuando habló de valor, sus miradas eran sobrias y firmes; cuando hizo alusión a las heridas sufridas, sus ojos se encendían furibundos; cuando mencionó las amonestaciones de las mujeres, sus cabezas se inclinaban con vergüenza; pero cuando se refirió a los medios para conseguir su venganza, dio en el lugar idóneo para estimular de modo infalible el corazón de un indio. Al sentir que esa venganza estaba a su alcance, todo el grupo se alzó al unísono, dando rienda suelta a su cólera por medio de un griterío frenético, mientras se abalanzaban sobre los prisioneros, cuchillo y tomahawk en mano. Heyward se interpuso entre las hermanas y el más adelantado de la banda, forcejeando con él de un modo tan desesperado que su esfuerzo pudo contener el avance. Esta inesperada resistencia le dio a Magua oportunidad de intervenir, atrayendo de nuevo la atención de sus camaradas tras dar una orden tajante y gesticulando violentamente. Utilizando el lenguaje adecuado, supo hacerles desistir de sus propósitos y les invitó a prolongar el sufrimiento de los cautivos. Su idea fue aclamada fervorosamente e inmediatamente puesta en marcha.