El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Dos poderosos guerreros se lanzaron contra Heyward mientras otro intentaba neutralizar al poco combativo maestro de canto. No obstante, ninguno de los dos se rindió sin ofrecer alguna resistencia, aunque ésta fuese en vano. David llegó incluso a derribar a su oponente por un instante. Heyward tampoco pudo ser reducido hasta que hubiera caído su compañero, lo cual les permitió a los indios atacarle en grupo. Entonces fue atado al arbolillo que había utilizado antes Magua en su pantomima de hurón en la rama sobre el río. Cuando el joven militar recobró el sentido, pudo cerciorarse de que todo el grupo había corrido la misma suerte. A su derecha estaba Cora, en una situación similar a la suya; estaba pálida y temblorosa, pero sin dejar de observar lo que hacían sus enemigos. A la izquierda de Duncan, las ligaduras que sujetaban a Alice contra un pino servían a su vez para evitar que se desplomase ante el temor que la dominaba. Había juntado las manos en actitud de oración, pero en vez de dirigir su mirada al cielo, sus ojos se orientaban inconscientemente hacia el rostro de Duncan, ofreciéndole una expresión de inocencia infantil, llena de indefensión. David había luchado, y la novedad de tal circunstancia le mantuvo callado, meditando sobre la conveniencia o no de un comportamiento tan inusual en él.