El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Morir? —le replicó Cora, ya con voz más firme y tranquila—. ¡Eso serÃa fácil! La alternativa es lo que no resulta tanto; pretende poseerme —continuó diciendo mientras su voz dejaba entrever lo degradante que le resultaba la proposición—. ¡Quiere que le siga hasta el bosque y viva con los hurones, que me quede allÃ; en resumidas cuentas, que sea su mujer! ¡Habla, pues, Alice, chiquilla adorable, hermana querida! Usted también, comandante Heyward, ayúdeme con sus consejos. ¿Se puede comprar la vida con un sacrificio asÃ? ¿Lo aceptarÃas tú, Alice, si lo hiciera? Y tú, Duncan, guÃame; ayudadme entre los dos, lo dejo en vuestras manos.
—¿Crees que lo permitirÃa? —gritó el joven, indignado y sorprendido—. ¡Cora! ¡Cora! ¡No empeores nuestra desgracia! No vuelvas a mencionar esa horrible alternativa; solamente pensar en ello resulta peor que morir mil veces.
—¡SabÃa que ésa serÃa su respuesta! —exclamó Cora, con la cara sonrojada y la mirada encendida, caracterÃsticas propias de una mujer emocionada—. ¿Qué dice mi querida Alice? Por ella me someteré a lo que sea, sin rechistar.