El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Aunque tanto Heyward como Cora escucharon muy atentos y con dolorosa expectación, no hubo ninguna respuesta. Daba la sensación de que la frágil y sensible Alice se fuera a desmayar mientras oía semejante proposición. Sus brazos se habían colapsado, quedando inertes, y solamente sus dedos experimentaban pequeñas convulsiones; su cabeza había caído hacia adelante, el mentón apretado contra el pecho, y toda su persona pendía del árbol cual bello estandarte representando con delicadeza el sufrimiento femenino; totalmente inmóvil y, sin embargo, completamente consciente. No obstante, tras unos momentos empezó a mover la cabeza lentamente, en señal de profunda y tajante desaprobación.
—¡No, no, no; es mejor que muramos como hemos vivido: juntos!