El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Me atreverÃa a decir que se ven las cosas más extrañas en los poblados blancos! —dijo, al cabo de un rato—. La naturaleza se ve tristemente alterada por la mano del hombre cuando éste se hace con el control de la situación. De todos modos, caminen de lado o vayan erguidos, Uncas habÃa observado el movimiento y sus huellas nos guiaron hasta el arbusto destrozado. La rama exterior, cerca de las huellas de uno de los caballos, se habÃa doblado hacia arriba, del modo en que una dama parte una flor de su tallo, mientras que todas las demás presentaban roturas hacia abajo, ¡como si hubiesen sido golpeadas por la mano de un hombre fuerte! De este modo, me figuré que esos zorros astutos habÃan visto la rama doblada y destrozaron todas las demás para hacemos creer que lo habÃa hecho un gamo con sus astas.
—¡No me cabe duda de su sagacidad, pues efectivamente ocurrió asÃ!
—Eso fue fácil de discernir —añadió el explorador, quien no consideraba sus deducciones como algo extraordinario—. ¡A diferencia de la cuestión del caballo que se balancea! ¡Luego me vino a la mente la posibilidad de que los mingos se dirigieran hasta este lugar, dado que esos bellacos conocen las cualidades de sus aguas!