El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Ojo de halcón no perdió tiempo a la hora de desviarse hacia las montañas, cuando habían retrocedido lo suficiente. Dirigiéndose hacia los límites occidentales de la estrecha llanura, guió a los viajeros con paso rápido, bajo la sombra de las altas y afiladas cumbres de las formaciones montañosas. La ruta se tomó difícil, sobre terreno rocoso y sembrado de obstáculos, haciendo que los del grupo progresaran lentamente. Tanto a un lado como al otro se levantaban colinas negras e inhóspitas, aunque éstas les inspiraban cierta seguridad, ya que denotaban que se trataba de un territorio totalmente desierto y deshabitado. Al poco rato, se encontraban ascendiendo por una pendiente accidentada e incómoda, a través de un camino que apenas sorteaba las rocas y los árboles, evitando aquéllas y acercándose a éstos de un modo que sólo unos buenos conocedores de la naturaleza, como sus guías, sabrían hacer. A medida que subían desde el nivel del valle, la espesa oscuridad que normalmente precede al nacimiento de un nuevo día comenzó a despejarse, con lo cual todo a su alrededor podía apreciarse en aquellos colores con los que la naturaleza les dotó. Cuando surgieron de entre las escasas arboledas que se aferraban a las áridas faldas de la montaña y llegaron a su cima, una musgosa planicie rocosa, recibieron al sol del nuevo día, que se alzaba esplendoroso por encima de los verdes pinos de una colina al otro lado del valle del Horicano.