El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos La montaña sobre la que pisaban tenía una altura de más de trescientos metros, siendo un accidente geológico que se elevaba un poco antes de esa cadena montañosa que se extiende a lo largo de muchos kilómetros, por las orillas occidentales del lago, hasta encontrarse con su sierra hermana, más allá de las aguas, extendiéndose hacia el Canadá de manera difusa e inconexa, a base de estructuras rocosas sueltas, esparcidas entre territorios verdosos. Justo bajo sus pies, el grupo pudo contemplar el ancho semicírculo trazado por la orilla sur del Horicano yendo de montaña a montaña, dando lugar a un destacado filamento que subía hasta una llanura irregular y algo elevada. Hacia el norte se extendía la límpida y aparentemente estrecha silueta del «lago sagrado», bordeado por innumerables bahías y embellecido por cabeceras impresionantes, a la vez que estaba salpicado por incontables islas. A unas pocas leguas de distancia, la masa de agua se perdía entre las montañas o se veía envuelta por la niebla que rondaba los valles, producto de los aires matutinos. No obstante, una estrecha abertura entre las cimas de las colinas señalaba el camino por el cual seguían estas aguas hacia el norte, extendiendo sus amplias y cristalinas formas, antes de desembocar en el distante Champlain. Hacia el sur se prolongaba el desfiladero o llanura irregular ya mencionada. Durante varios kilómetros en esa dirección, las montañas parecían resistirse a ceder sus dominios, pero al alcance de la vista se podía comprobar cómo se fundían para dar forma a tierras más niveladas y arenosas, a través de las cuales hemos visto cómo nuestros viajeros se habían desplazado en dos ocasiones. A lo largo de sendas cadenas de colinas que bordeaban los dos lados opuestos del lago y el valle, se alzaban nubes vaporosas en espirales que procedían de los bosques deshabitados, asemejándose a lo que podría ser el humo procedente de cabañas escondidas. Estas nubes también descendían por las pendientes y se entremezclaban con la niebla propia de las tierras bajas. En el cielo del valle flotaba una única y solitaria nube blanca, la cual estaba situada justo por encima del lugar en el que se encontraba el «estanque sangriento».