El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Pero el elemento que más le interesaba al joven soldado era la ribera occidental del lago, en la porción más cercana a su extremo sur. Sobre una franja de tierra que aparentaba ser, desde su punto de observación, demasiado estrecha como para contener a todo un ejército, pero que en realidad suponÃa una extensión de centenares de metros desde la orilla del Horicano hasta la base de la montaña, podÃan verse las blancas tiendas de campaña y los aparejos militares de una fuerza de diez mil hombres. Las baterÃas ya se habÃan formado al frente y, a pesar de estar tan lejos de las mismas, los espectadores de este mapa a escala real oÃan cómo los atronadores rugidos de la artillerÃa sonaban desde el fondo del valle hasta las colinas orientales con sus reverberantes ecos.
—Aún está amaneciendo para los de allá abajo —dijo el explorador, prudente y meditabundo—. Los que vigilan han conseguido despertar a los que duermen con el ruido de sus cañones. ¡Por sólo unas horas, hemos llegado demasiado tarde! Los malditos iroqueses de Montcalm ya estarán plagando los bosques.
—En verdad, la zona está cubierta —le contestó Duncan—. Pero tiene que haber alguna forma de pasar. Ser capturados por militares es infinitamente preferible a caer de nuevo en manos de indios salvajes.