El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Miren! —exclamó el explorador, haciendo que Cora dirigiese su atención hacia las habitaciones de su padre—. ¡Ese disparo ha hecho saltar varias piedras del lateral de la cabaña del comandante jefe! ¡Rayos! Esos franchutes la despedazarán de un modo mucho más rápido del que fue construida, por muy sólida y fuerte que sea.
—Heyward, me enferma contemplar una situación de peligro que no puedo soportar —dijo con aplomo la hija del jefe militar, aunque no desprovista de nerviosismo—. Vayámonos a Montcalm y exijámosle refugio; no se atreverá a negárselo a una niña.
—No llegarÃan con la cabellera intacta hasta la tienda de campaña del francés —dijo el explorador tajantemente—. Si pudiera hacerme tan sólo con una de las mil embarcaciones que flotan vacÃas sobre esa orilla, serÃa posible. ¡Ajá!, parece que están dejando de disparar, ya que se aproxima una espesa niebla; algo que hace que una flecha india sea más peligrosa que una bala de cañón. Ahora, si están ustedes dispuestos y me siguen, lo intentaremos; que ya tengo ganas de llegar a ese campamento, aunque sólo sea para vapulear a unos cuantos perros mingos que he visto acechando entre las hojas de aquellos matorrales.
—Estamos de acuerdo —dijo Cora con firmeza—. Para llegar es-tamos dispuestos a afrontar cualquier peligro.