El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos La dirección tomada por Ojo de halcón pronto llevó a los viajeros hasta el nivel de la llanura, prácticamente frente por frente a una de las entradas al fuerte por su costado occidental, la cual se encontraba a una distancia de poco menos de un kilómetro del punto en el que se detuvo el cazador para permitirle a Duncan llegar con las muchachas. Gracias a su entusiasmo y a las ventajas de poder desplazarse por terreno regular, se habían anticipado a la niebla, la cual ya se acercaba por la zona del lago, siendo necesario hacer una pausa hasta que los vapores blanquecinos envolviesen con su presencia al campamento enemigo. Los mohicanos aprovecharon la ocasión para inspeccionarlo todo a su alrededor, al salir de la espesura boscosa. Les siguió a corta distancia el explorador, esperando que le informaran de lo que habían observado, para así prepararse en caso de algún contratiempo.
A los pocos segundos regresó con el rostro enrojecido por la ira, mientras murmuraba contundentes palabras de desaprobación:
—El astuto francés ha situado una patrulla justo en nuestro camino —dijo—. Está compuesto por pieles rojas y blancos; ¡y corremos el riesgo de tropezarnos con ellos en la niebla!
—¿No podríamos rodearles avanzando en círculo? —preguntó Heyward—. Volveríamos a caminar en línea recta una vez esquivado el peligro.