El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Pocas son, dado que no tenemos mucho de qué depender; pero es mejor que nada. Este proyectil que ve aquà —añadió, mientras golpeó levemente a la ya inofensiva masa de hierro con su pie— ha marcado un surco sobre la tierra en su avance desde el fuerte; iremos en busca de esa señal, cuando las demás nos fallen. Basta de palabras y sÃganme, o la niebla nos dejará al descubierto en mitad del camino, para que ambos ejércitos hagan fuego sobre nosotros.
Al darse cuenta de que la situación era verdaderamente crÃtica y sabiendo que los actos valen más que las palabras en estos casos, Heyward se colocó entre las dos hermanas y las guió rápidamente hacia adelante, sin perder de vista al lÃder del grupo. Pronto se hizo evidente que Ojo de halcón no habÃa exagerado en absoluto la densidad de la niebla, ya que aún no habÃan avanzado veinte metros en el interior de la misma cuando apenas se distinguÃan entre sà los viajeros.
HabÃan avanzado circularmente hacia la izquierda y ya estaban volviendo a girar a la derecha, habiendo pasado la mitad del trecho hasta el fuerte, de acuerdo con lo que pensaba Heyward, cuando sus oÃdos se estremecieron con una llamada de atención que se emitió a unos siete metros por delante de su posición, diciendo:
—Qui va là ?
—¡Sigan! —les susurró el explorador, volviendo de nuevo hacia la izquierda.