El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Sigamos! —recalcó Heyward, cuando la llamada de atención fue repetida por una docena de voces, todas igualmente amenazantes.
—C’est moi —gritó Duncan, mientras tuvo que arrastrar, y no guiar, a las muchachas que llevaba del brazo.
—Bête!… Qui?… Moi!
—Ami de la France.
—Tu m’as plus l’air d’un ennemi de la France; arrête! Ou pardieu je te ferai ami du diable. Non! Feu; camarades; feu!
La orden fue obedecida al instante y la niebla se vio alterada por la detonación de cincuenta mosquetes. Afortunadamente, su punterÃa fue pobre y las balas surcaron el aire en otra dirección, distinta a la tomada por los fugitivos; aunque sà pasaron lo suficientemente cerca como para que tanto David como las hermanas, poco acostumbrados a las acciones de primera lÃnea, creyesen que pasaban rozándoles. De nuevo les dieron el alto y, no sólo se oyó claramente la orden de disparar, sino también la de perseguirles. Cuando Heyward le explicó el significado de las palabras, Ojo de halcón se detuvo y habló con voz decidida y firme.
—Respondámosles con nuestro propio fuego —dijo—. Creerán que somos muchos y se retirarán, o esperarán refuerzos.