El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Fue entonces cuando una figura apareció acercándose al muro, desde donde parecía estar también observando, en su caso las tiendas de campaña francesas que se encontraban a lo lejos. La figura giró su cabeza hacia el este, ansiosa también de que hubiese más luz. A continuación, se apoyó sobre el promontorio y permaneció mirando hacia el extenso brillo de las aguas, las cuales, como si se tratara de un firmamento subacuático, reflejaban el resplandor de miles de estrellas. El ambiente melancólico, el momento de nula actividad y la vasta corpulencia del hombre en cuestión, merodeando por los muros ingleses, no dejaba dudas acerca de su identidad para el avispado observador que le había detectado. Ahora el respeto, además de la prudencia, le instaba también a retirarse; y precisamente eso es lo que se proponía hacer, cuando otro ruido le llamó la atención e hizo que se quedara. Se trataba de una leve y casi inaudible alteración de las aguas, seguida de unas casi imperceptibles pisadas sobre gravilla. Al momento el observador vio cómo surgía una forma oscura de la zona del lago y se aproximaba sigilosamente a tierra firme, hasta llegar prácticamente a su misma altura. Acto seguido, vio cómo la figura empuñaba un fusil y se disponía a apuntar con él; pero, antes de que pudiera disparar, la mano del observador agarró el arma por el cierre.
—¡Hugh! —exclamó el salvaje, al ver frustrada su infame prueba de puntería.