El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Sin mediar respuesta, el oficial francés puso su mano sobre el hombro del indio y lo guió, sin hacer ruido, hasta un punto a cierta distancia del lugar, para que su conversación no se oyera y provocara un ataque, en especial si se tiene en cuenta que al menos uno de ellos buscaba una vÃctima. AllÃ, el oficial descubrió el uniforme y la cruz de San Luis que pendÃa de su pecho. Con gran severidad, Montcalm le preguntó al salvaje:
—¿Qué significa esto? ¿Acaso mi hijo no sabe que se ha enterrado el hacha de guerra entre su padre canadiense y los ingleses?
—¿Qué se espera que hagan los hurones? —contestó el salvaje, hablando también en francés, aunque incorrectamente—. ¡Ni un solo guerrero ha cobrado una cabellera, y los rostros pálidos se hacen amigos!
—¡Ja! ¡Le Renard Subtil! ¡A mi modo de ver, se trata de un exceso de entusiasmo para alguien que, hasta hace bien poco, era un enemigo! ¿Cuántos soles han pasado desde que Le Renard estuvo en el puesto de guerra de los ingleses?
—El único sol que importa —respondió el salvaje, ofendido— es el que se encuentra detrás de la colina. Ahora está oscuro y hace frÃo, pero en cuanto vuelva habrá luz y calor. Le Subtil es el sol de su tribu. ¡Ha habido nubes y muchas montañas entre su nación y él; pero ahora él brilla y el cielo está despejado!