El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Hoy soy tan sólo un soldado, comandante Heyward —contestó el veterano—. Todos los presentes son como hijos para mÃ.
Duncan habÃa oÃdo suficiente. Sin perder un solo segundo de un tiempo que se hacÃa cada vez más preciado, corrió hacia los aposentos de Munro en busca de las hermanas. Las halló en el umbral de la baja edificación, ya prestas para partir y rodeadas de un nutrido grupo de mujeres que lloraban desconsoladamente.
Todas se habÃan congregado allà como por instinto, buscando el lugar que consideraban el más seguro. A pesar de sus mejillas pálidas y su rostro angustiado, Cora no habÃa perdido nada de la entereza que la caracterizaba; pero los ojos de Alice estaban enrojecidos, dando a entender cuán larga y amargamente habÃa llorado. Ambas, no obstante, recibieron al joven con evidente alegrÃa y la mayor, para variar, fue la primera en dirigirse a él.
—La fortaleza se ha perdido —dijo, con triste sonrisa—, pero nuestro buen nombre se ha salvado, o asà lo espero.