El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Es intocable. Por otra parte, señorita Munro, es hora de pensar menos en los demás y cuidarse usted misma. El orgullo militar, el orgullo que tanto valora usted, nos exige a su padre y a mà que estemos pendientes de la tropa durante un tiempo. Hemos de asignarles a ustedes una protección adecuada para que los acontecimientos no supongan peligro ni vergüenza.
—No será necesario —replicó Cora—. ¿Quién se atreverÃa a agredir o insultar a la hija de un padre como el mÃo, en un momento como éste?
—No las dejarÃa solas —continuó diciendo el joven, mirando a su alrededor con preocupación—, aunque me ofrecieran mandar el mejor de los regimientos del rey. Recuerde que Alice no goza de la misma fortaleza que usted; y sólo Dios sabe cómo reaccionará ante lo desagradable de la situación.
—Puede que usted tenga razón —contestó Cora, sonriendo de nuevo, pero con mayor tristeza aún—. Escuche la suerte ya nos ha enviado un amigo cuando más lo necesitábamos.