El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Duncan escuchó, y enseguida comprendió lo que quería decir la muchacha. Los tonos bajos y sobrios de la música religiosa, tan conocida en las provincias orientales, llegaron a sus oídos y le llevaron a una de las habitaciones de la edificación adyacente, abandonada ya por sus inquilinos habituales. Allí encontró a David, dando rienda a sus piadosos sentimientos del único modo que sabía hacerlo. Duncan esperó hasta que, por el cese de los movimientos de su mano, parecía haber terminado; le tocó el hombro para hacerse con la atención del cantante y le explicó su deseo.
—Incluso así —contestó el despistado discípulo del rey de Israel, cuando el joven terminó su discurso—, he encontrado buena compañía y gran musicalidad en las damas, y es propio que aquéllos que estuvieron unidos en el peligro también lo estén en la paz. Las atenderé en cuanto haya concluido mis alabanzas matutinas, para lo cual sólo falta la doxología. ¿Quiere participar en ello, amigo mío? La tonalidad es la común y el título es «Southwelf».
A continuación, abrió el pequeño volumen y, tras dar la nota adecuada con el máximo cuidado, David volvió a sus cánticos. Su energía y empeño no daban lugar a interrupción alguna y Heyward desesperaba ante la duración de la pieza. Finalmente, al ver que David se quitaba los anteojos y cerraba el librillo, continuó diciéndole: