El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Será deber suyo el asegurarse de que nadie se acerque a las señoras con intenciones malsanas, ni para insultar o burlarse de la desgracia del valiente padre de las mismas. En esta tarea recibirá el apoyo de los sirvientes de la casa.
—Incluso asÃ.
—Es posible que los indios y ciertos desaprensivos entre los enemigos quieran desafiarles, en cuyo caso les recordará los términos de la capitulación y les amenazará con informar de su conducta a Montcalm. La utilización de la palabra bastará.
—Y si no, aquà tengo algo que sà surtirá efecto —le replicó David, mostrándole su libro con una actitud en la que se mezclaban la humildad y la seguridad en sà mismo—. Aquà se encuentran palabras que, al pronunciarse, suenan como el trueno. Siempre que se les dé la entonación adecuada y el énfasis apropiado, harán callar al más infame:
—¿Por qué grita el infiel enfurecido?
—Basta —le dijo Heyward, interrumpiendo la demostración musical—. Ya nos entendemos; es hora de que asumamos nuestros respectivos deberes.