El último de los Mohicanos

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Gamut asintió con agrado y juntos fueron en busca de las mujeres. Cora recibió a su nuevo y, hasta cierto punto, extraordinario protector con amabilidad y cortesía, e incluso los rasgos pálidos de Alice se iluminaron de nuevo con algo de su acostumbrada alegría, dándole las gracias a Heyward por su labor. Duncan aprovechó para asegurarle que había hecho lo mejor que pudo, dadas las circunstancias. También les indicó que, a su juicio, no había peligro de que fuesen heridas ni física ni espiritualmente. Finalmente, les habló con entusiasmo de su intención de reunirse con ellas en cuanto hubiera llevado a la tropa a unos kilómetros de distancia en dirección al Hudson, tras lo cual se incorporaría inmediatamente a su puesto.

Para entonces la señal de partida ya se había dado y la cabecera de la columna inglesa ya estaba en marcha. Las hermanas se estremecieron al oír el estruendo y, mirando nerviosamente a su alrededor, vieron los uniformes de los granaderos franceses, los cuales ya habían tomado posesión de la fortaleza. En aquel instante, una enorme nube parecía pasar por encima de sus cabezas y, al mirar hacia arriba, descubrieron que estaban debajo de los anchos pliegues del estandarte de Francia.

—Vámonos —dijo Cora—. Éste ya no es lugar para las hijas de un oficial inglés.


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