El último de los Mohicanos

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A continuación, elevó el tono de su voz hasta sus límites máximos, produciendo un canto tan poderoso que podía oírse hasta en los puntos más alejados de ese sangriento campo de batalla. Más de un salvaje acudió enseguida, dispuesto a robar las pertenencias de las hermanas y a despojarlas de sus cabelleras; pero cuando se encontraron con esta extraña e inamovible figura clavada en el lugar, se detuvieron para escuchar. La sorpresa dejó paso a la admiración, y los salvajes fueron en busca de víctimas menos valientes, mientras se manifestaban satisfechos por la firmeza con la que el guerrero blanco entonaba lo que ellos consideraban una canción de muerte. Creyendo que estaba teniendo éxito, David se animó aún más y concentró todos sus esfuerzos en seguir con lo que él pensaba que era una labor santa. Así, el sonido llegó a los oídos de un salvaje que se encontraba lejos de allí, el cual tornó rabiosamente de un grupo a otro, como aquél que desprecia cualquier otra víctima de menor rango, buscando una que sea más digna de su propia categoría. Éste era Magua, quien lanzó un grito de satisfacción al ver que sus antiguos prisioneros estaban de nuevo a su merced.

—Ven —dijo, colocando sus sucias manos sobre el vestido de Cora—, la tienda del hurón aún está abierta. ¿Acaso no es mejor que este lugar?

—¡Vete! —le gritó Cora, tapándose los ojos para no ver su tez repugnante.


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