El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos David comprendió que la muchacha no accedería a marcharse nada más ver la expresión de su cara al pronunciar esas palabras. Quedó mirando a los oscuros seres que practicaban tantos actos infernales en los alrededores y, de repente, se puso en pie, hinchó su pecho y, tensando todas sus facciones, comenzó a hablar con la fuerza de los sentimientos que le movían.
—Si el niño judío pudo domar el espíritu maligno de Saúl por medio del sonido de su arpa y las palabras de una canción sagrada, puede ser conveniente —dijo— poner a prueba la fuerza de la música aquí.