El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Padre, padre, estamos aquÃ! —gritaba Alice cuando el veterano pasó cerca de allÃ, sin haberse percatado de su presencia—. ¡Ven a ayudarnos, padre, o moriremos!
El grito se repitió, incluso con esa clase de palabras y tono que hubiesen ablandado el corazón más endurecido, pero no hubo respuesta. En una ocasión, el anciano pareció haber oÃdo los lamentos y se paró a escuchar; pero a Alice ya le habÃan fallado las fuerzas y cayó desmayada, mientras que su hermana se ocupó en atenderla, abrazándola con ternura y delicadeza. Munro desistió en su acción de escuchar y prosiguió con su misión, al no haber más razón para deternerse.
—Señora —dijo Gamut, quien a pesar de no poder protegerlas y estar también indefenso, no las habÃa abandonado—, ésta es una fiesta satánica y de ningún modo un lugar apto para las almas cristianas. Huyamos pues.
—Váyase —dijo Cora, mirando aún a su hermana que estaba inconsciente—, sálvese usted. Ya no puede ayudarme.