El Ășltimo de los Mohicanos

El Ășltimo de los Mohicanos

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En tales circunstancias nadie pudo decir cuĂĄnto tiempo habĂ­a transcurrido. Todo ello pudo haber durado unos diez minutos —que mĂĄs bien parecĂ­an años—. Las hermanas se habĂ­an quedado clavadas en su puesto, presas del horror y prĂĄcticamente indefensas. Al asestarse el primer golpe, las personas de su alrededor se apretujaron contra ellas, imposibilitĂĄndoles cualquier huida; y ahora que la muerte de muchos habĂ­a despeado el espacio circundante, la Ășnica salida era el camino que llevaba a los tomahawks de sus enemigos. De todas partes surgĂ­an gritos, lamentos, estertores y blasfemias. En ese momento, Alice pudo ver la corpulenta figura de su padre, moviĂ©ndose rĂĄpidamente a travĂ©s de la llanura, hacia el lugar en el que se encontraba el ejĂ©rcito francĂ©s. En efecto, iba a reclamarle a Montcalm la escolta que se les habĂ­a prometido entre las condiciones de la capitulaciĂłn. Cincuenta hachas y lanzas destellantes se levantaron contra Ă©l, pero los salvajes respetaron tanto su rango como su sangre frĂ­a, a pesar de la furia que les motivaba. El brazo nervioso del veterano apartaba aquellas armas amenazadoras que por sĂ­ mismas no se bajaban, ya que nadie tenĂ­a el coraje necesario para atentar contra su persona. Afortunadamente, en aquel preciso instante el vengativo Magua se encontraba buscando una vĂ­ctima entre los del grupo que el general habĂ­a dejado atrĂĄs.



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