El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Han encontrado de nuevo el pie pequeño! —exclamó el explorador, desplazándose hacia ellos y olvidándose de su tarea de rastreo—, ¿Qué tenemos aquÃ? ¡Ha habido mucho movimiento en el lugar! ¡No, por todos los fusiles de la frontera, han estado aquà esos caballos cojos otra vez! Ahora se ha desvelado todo el misterio; está tan claro como la estrella del norte a medianoche. SÃ, aquà se han subido a los caballos. Los animales se encontraban amarrados a un arbolillo, esperando; y por allà corre el ancho camino que lleva al Canadá.
—Pero aún no hay rastro de Alice, la señorita Munro más joven —dijo Duncan.
A no ser que el objeto brillante que Uncas acaba de levantar del suelo sea uno. Pásalo por aquÃ, muchacho, para que lo podamos ver.
Heyward lo reconoció inmediatamente como una joya que a Alice le gustaba llevar; un detalle que recordó —como cualquier enamorado— que colgaba del cuello de su amada la mañana del fatÃdico dÃa de la matanza. Recogió la pieza y la declaró auténtica con tanta rapidez que el explorador quedó mirando al suelo, como si se hubiese caÃdo, mientras Duncan la ponÃa cerca de su corazón, el cual palpitaba frenéticamente.