El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—La sangre joven y la sangre caliente dicen que son prácticamente la misma cosa. No vamos a iniciar la caza de la ardilla, ni perseguir a un ciervo hasta el Horicano, sino seguir un camino durante días y noches a la intemperie, y cruzar una tierra salvaje que apenas ha pisado el hombre; una tierra en la que los conocimientos adquiridos en los libros sirven de bien poco. Un indio nunca comienza una expedición de esta envergadura sin fumar en un consejo alrededor del fuego; y aunque soy un hombre de raza blanca, respeto sus costumbres en este particular, porque las considero adecuadas y sabias. Por lo tanto, regresaremos, encenderemos una hoguera en las ruinas del viejo fortín y saldremos frescos por la mañana, preparados para enfrentarnos a nuestras labores como deben hacerlo los hombres, no como mujeres ruidosas ni niños ingenuos.

Heyward vio en la actitud del explorador que sería inútil contradecirle. Munro de nuevo se hallaba hundido en ese estado de apatía que parecía dominarle desde los últimos incidentes desafortunados que le había tocado sufrir, y del cual sólo podría sacarle un estímulo poderoso y renovador. Haciéndole sacar fuerzas de flaqueza, el joven tomó al veterano del brazo y le guió tras los pasos del explorador y los indios, quienes habían vuelto sobre el mismo camino de antes hacia la llanura.


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