El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Acaso no se trata de los lobos que ha mencionado antes?
Ojo de halcón movió su cabeza en señal de negativa y le hizo un gesto a Duncan para que le siguiera hasta un lugar donde no llegara la luz del fuego. Una vez tomada esta precaución, el explorador adoptó una postura de máxima alerta, escuchando con gran concentración para volver a percibir el sonido que tanto le había sorprendido. Sin embargo, sus esfuerzos parecían ser en vano, ya que, tras una pausa infructuosa, le dijo a Duncan en voz baba:
—Debemos llamar a Uncas. El chico tiene los sentidos propios de un indio y puede oír aquello que se nos escapa a nosotros; de nuevo, y aunque esta vez sea para mal, he de reconocer que soy blanco.
El joven mohicano, que en ese momento estaba conversando en voz baja con su padre, se percató de un sonido que se parecía al canto de un búho. Se levantó deprisa y miró hacia los montículos negros, como si intentara localizar su procedencia. El explorador volvió a emitir la señal y, en pocos segundos, Duncan vio aparecer la figura de Uncas, que estaba acercándose por los muros que llevaban hasta el punto en el que se encontraban.