El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —SÃ, sÃ; tanto cuando escasea como cuando abunda la comida, el lobo se muestra fiero —dijo el explorador, impasible—. Se les podrÃa incluso cazar por sus pieles, si hubiera tiempo y suficiente luz para tales entretenimientos. Pero, volviendo al tema de la vida futura, comandante, les he oÃdo decir a los predicadores de los poblados que el Cielo es un lugar de descanso. Ahà tenemos una muestra de cómo cada hombre tiene un concepto distinto de la diversión. Por mi parte, y lo digo con todos mis respetos por la Divina Providencia, no serÃa muy entretenido permanecer todo el tiempo metido en esas mansiones de las que predican, sobre todo sà se tiene cierto gusto por la acción y los espacios abiertos.
Duncan, al habérsele explicado la naturaleza de los ruidos, prestó mayor atención al asunto que habÃa inspirado la conversación del explorador, diciendo:
—Es difÃcil comprender qué sentimientos nos acompañarán cuando llegue la hora del gran cambio final.
—Desde luego que tendrá que ser un cambio, en especial para un hombre acostumbrado a pasar su vida al aire libre —le contestó el empecinado explorador—; y que a menudo se ha saciado en las aguas de la cabecera del Hudson, o que ha dormido en las cercanÃas del rugiente rÃo Mohawk. No obstante, es reconfortante saber que servimos a un Señor misericordioso; cada uno a su manera, claro está, habiendo grandes extensiones de tierra salvaje de por medio. ¿Quién anda ahÃ?