El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Tras una corta e impresionante pausa, Chingachgook encendió una pipa cuya cazuela estaba hecha con una de las piedras menos duras del terreno local y cuyo brazo consistía en un tubo de madera; el indio inmediatamente comenzó a fumar. Cuando hubo inhalado suficiente cantidad de la fragancia que despedía la hierba medicinal, pasó el instrumento a manos del explorador. De este modo, la pipa terminó completando tres vueltas, en el más profundo silencio, antes de que ninguno de ellos abriera la boca para hablar. Entonces el sagamore, siendo el mayor y el de más alto rango, propuso el tema a debatir con sosegada dignidad y en pocas palabras. El explorador le respondió; Chingachgook le insistía al ver que estaba en desacuerdo. Sin embargo, el joven Uncas continuó en su calidad de oyente respetuoso, hasta que Ojo de halcón, buscando apoyo, le pidió su opinión. Heyward concluyó, por los modos en los que se manifestaban los interlocutores, que el padre y el hijo habían expuesto su opinión acerca de un asunto conflictivo, mientras que el hombre blanco mantenía un punto de vista opuesto. La contienda verbal fine haciéndose gradualmente más amistosa mientras pudo observarse que los sentimientos de los contertulios salieron a relucir en el debate.