El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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Además del creciente tono amigable del discurso, las más decorosas asambleas de cristianos, incluso aquellas en las que participen los más ilustres reverendos, tendrían mucho que aprender de la moderación, tolerancia y mutuo respeto que se demostraron entre sí los participantes en esta reunión. Las palabras de Uncas merecieron el mismo aprecio que las de su padre, dotadas de una sabiduría más madura; y lejos de mostrar algún tipo de impaciencia, ninguno dio réplica a otro hasta que hubiesen pasado unos momentos para meditar en silencio lo que se acababa de decir.

Los mohicanos acompañaron su diálogo con gestos cuya naturalidad y franqueza eran tales que Heyward no tuvo dificultades para comprender la evolución del debate. Por otra parte, el explorador era el que más lacónico se mostraba, ya que, a diferencia del ímpetu propio del orgullo racial indígena, adoptaba las maneras frías y pragmáticas que caracterizan a todos los angloamericanos cuando están en calma. Por la frecuencia con la que los indios describían las marcas de un camino boscoso, era evidente que preferían una persecución sobre tierra firme, mientras que el gesto ondulante del brazo de Ojo de halcón, señalando hacia el Horicano, denotaba su inclinación por cruzar las aguas de ese río.



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