El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Quedándose solos, los mohicanos, cuyas vidas se habían dedicado en gran medida a los intereses de otros, aprovecharon el momento para dedicarse algo de atención a sí mismos. Dejando por un momento la expresión severa y dura de un jefe indio, Chingachgook empezó a hablarle a su hijo con el tono amable y alegre que es propio de un familiar. Untas agradeció la acogedora disposición de su padre y, antes de que se oyeran los ronquidos del explorador, ya había tenido lugar un profundo cambio en el trato que se dispensaban sus dos compañeros.
Resulta imposible describir la musicalidad de su discurso, mientras reían y conversaban padre e hijo, sobre todo si es para alguien que no ha oído jamás una melodía semejante. El compás de sus voces, en especial la del joven, constituía una maravilla —extendiéndose en éste desde los tonos más graves hasta los más agudos, casi como los de una voz femenina—. Los ojos del padre siguieron los tenaces e ingeniosos movimientos del hijo con la delicia propia de un progenitor, siempre sonriendo en respuesta a la risa contenida, pero a la vez contagiosa, del otro. Bajo la influencia de estos gentiles y naturales sentimientos, no se detectaba ni la más mínima señal de fiereza en los relajados rasgos del sagamore. La representación de la muerte que asumía su pintura de guerra parecía más un disfraz burlón que el anuncio de un deseo de provocar la destrucción y la desolación a su paso.