El último de los Mohicanos

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El joven hizo caso de tan prudentes directrices. A continuación, el explorador colocó una tabla a modo de puente entre los escombros y la embarcación, haciéndoles una señal a los dos oficiales para que cruzaran. Hecho esto, todo se dejó en la misma posición y en el mismo lugar que antes, consiguiendo Ojo de halcón alcanzar la barca sin dejar una sola de esas temidas huellas de las que siempre hablaba. Heyward permaneció en silencio hasta que los indios hubiesen remado una distancia suficientemente lejos de las ruinas; entonces, bajo el cobijo de la gran sombra oscura que proyectaba la montaña oriental sobre la superficie cristalina del lago, preguntó con exigencia:

—¿Qué necesidad tenemos de huir de esta manera tan apresurada?

—Si la sangre de un oneida pudiera teñir una extensión de agua tan pura como ésta —le contestó el explorador—, los dos ojos que lleva usted en la cara ya le responderían a esa pregunta. ¿Acaso se ha olvidado del reptil que Uncas eliminó?

—Por supuesto que no. Pero estaba solo y los muertos no pueden amenazar a nadie.

—En efecto, estaba solo en sus diabólicos quehaceres; pero un indio que proviene de una tribu tan prolífica en guerreros no debe temer que su propia muerte se quede sin ser vengada.


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