El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El joven se puso en alerta y retrocedió unos pasos de modo instintivo, cuando vio que un indio se encontraba a menos de cien metros de él. Dominándose de inmediato, lejos de hacer sonar la alarma, lo cual podría costarle caro, permaneció inmóvil observando los movimientos del otro.
Un momento de calma para comprobar la situación le confirmó a Duncan que el nativo no le había descubierto, sino que, al igual que él, parecía ocuparse en la consideración de las pequeñas viviendas del poblado, así como de los apresurados movimientos de sus habitantes. Era imposible discernir la expresión de su cara, oculta bajo una grotesca más cara de pintura, aunque a Duncan le pareció más bien una de tristeza y no de agresividad. Su cabeza estaba completamente afeitada, como era la costumbre, salvo por la zona de la coronilla, desde cuyo mechón pendían sueltas cuatro plumas descoloridas. Un gran chaleco destartalado envolvía la mitad de su cuerpo, bajo el cual llevaba una simple camisa arremangada. Sus piernas se encontraban al descubierto, mostrando numerosos cortes y raspaduras, consecuencia de las espinas de la maleza. Sin embargo, sus pies calzaban un par de mocasines en buenas condiciones. En conjunto, el aspecto de este individuo era más bien mísero y desaliñado.