El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos David adoptó una expresión facial que intentaba comunicar humildad y modestia, antes de responder prudentemente:
—Pocas alabanzas merece un gusano como yo. De todos modos, aunque el poder de los salmos estaba aislado en medio de los horrores de aquella explanada sangrienta, a través de la cual nos llevaron, sà ha recobrado cierta influencia sobre las almas de los infieles, por lo que se me permite ir y venir a voluntad.
El explorador se rió y, golpeándose la frente al entender lo ocurrido, disimuló su hilaridad con una explicación diciendo:
—Los indios nunca harÃan daño a alguien que canta como un enloquecido. Pero ¿por qué no tomó el camino de vuelta al ver que podÃa hacerlo, sobre todo cuando aún era fácil volver atrás, y comunicar asà lo ocurrido al fuerte Edward?
El explorador, pensando más en alguien con suficientes recursos, como él, no se habÃa dado cuenta de que David seguramente habrÃa sido incapaz de llevar a cabo tal misión. De todos modos, sin perder su aire de humildad, el otro no tuvo reparos en contestar: