El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Hoy ha salido a cazar alces con sus jóvenes compañeros; y mañana, según tengo entendido, se adentrarán más hacia la profundidad de estos bosques, más cerca de la frontera con el Canadá. La mayor de las damas está custodiada por los habitantes de un pueblo cercano, cuyas viviendas están más allá de esas rocas negras; mientras que la menor está cautiva entre las mujeres de los hurones, cuyas casas se encuentran a unos tres kilómetros de aquÃ, sobre una planicie, en la que el fuego ha hecho las labores propias del hacha en la preparación del lugar para su asentamiento.
—¡Alice, mi dulce Alice! —murmuró Heyward—. ¡Privada de la consoladora presencia de su hermana!
—Incluso asÃ. Pero mientras la oración y la acción de gracias puedan atemperar el alma afligida, no ha de sufrir.
—Entonces, ¿la chica tiene talento musical?
—De una clase más bien sobria y solemne; aunque debe admitirse que, a pesar de todos mis esfuerzos, la dama tiende a llorar más de lo que sonrÃe. En esos momentos recurro a las canciones sagradas; pero también hay ocasiones para una comunicación satisfactoria entre nosotros, cuando incluso los oÃdos de los salvajes se sorprenden de la capacidad de nuestras voces.
—¿Y cómo es que le permiten deambular libremente?